Hildebrandt se burla del golpista cómico Pedro Castillo que hizo reír a todo el Perú

Castillo se sumó al elenco del circo Perejil.


Ahí está el detalle por César Hildebrandt

No era el México de Hidalgo, Juárez o Cárdenas donde quería asilarse Pedro Castillo. Era el México de Cantinflas. Su golpe de estado fue una comedia de carpa y aserrín. Y su discurso de dictador tropical que se hace cargo de todos los poderes era, en realidad, una renuncia.

Jaqueado por las evidencias, Castillo se suicidó. Pero en vez de elegir la tragedia, como hizo Alan García, eligió la comedia. García murió para no ser esposado y luego largamente procesado. Castillo se sumó al elenco del circo Perejil.

Le temblaban las manos al déspota hechizo cuando anunció al mundo que disolvía el Congreso. Pocos minutos después, salía de Palacio, junto a familiares y al crónico Aníbal Torres, llevando bolsas de encomienda. En el trayecto hacia la embajada que habría de albergarlo, sus propios policías lo traicionaron y lo condujeron, más detenido que nunca, a la Prefectura. Por la noche ya estaba en la DIROES. Su dictadura había durado una hora. El ridículo de su actuación será recordado muchas décadas.

El fin de Castillo, anunciado por esta revista en su edición pasada, estaba cantado. El método elegido por el personaje sí que resultó sorprendente.

El fracaso de Castillo no le pertenece exclusivamente a él. No es insignificante que la izquierda peruana haya parido sucesivamente a Abimael Guzmán, Víctor Polay, Susana Villarán, Vladimir Cerrón y Pedro Castillo. La tragedia de la izquierda peruana es que creyó que la indignación basta para construir un programa y que la desigualdad produce liderazgos. Es una izquierda que dejó de pensar cuando el socialismo realmente existente fue enterrado y cuando China se irguió en potencia mundial del capitalismo de Estado. Es la izquierda fugitiva que representa Verónika Mendoza.


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