El día que pude morir y el triste final de Comandito


Nos encontramos en el mes de agosto de 1989, yo me desempeñaba desde algunos años atrás, cómo supervisor de seguridad de la empresa «Volvo», se vivía momento de mucha tensión a raíz del actuar y accionar maquiavélico y sanguinario del grupo terrorista apodado «sendero luminoso», Lima se encontraba a merced de la insania terrorista y las grandes empresas necesitaban personas especialistas en seguridad para garantizar su funcionamiento.

Mi currículo personal llenaba los requisitos del caso, por haberme desempeñado como sargento del «batallón de infantería de comandos #19″(BIC-19) con participación en operaciones especiales de paracaidismo militar, así como protección de seguridad en palacio de gobierno.

Con referencia a la definición de la palabra «comandos» se refiere a un grupo de soldados de élite, preparados para intervenir en operaciones militares rápidas ,sorpresivas y exitosas.

Es en estas circunstancia que recibo una invitación para prestar mis servicios en otra gran empresa automotriz de nombre «Camena», como la oferta económica fue bastante tentadora, opté por ir a trabajar con ellos.

Después de cumplir tres meses en mi nuevo trabajo, para suerte mía, recibí otra nueva oferta de trabajo de parte de la empresa automotriz «Rosales Diesel», oferta también bien tentadora, que decidí no aceptar por un punto discordante en lo referente a mi rol de descansos.

El jefe de seguridad de esta empresa, era conocido mío, por lo que me comprometí que iba ayudarlo en conseguir una persona ideal para el puesto que yo no había aceptado.

Es así que me acordé de un antiguo compañero de armas, quien por sus poses novelesca, exageradas, que adoptaba a raíz o alusión a nuestro paso por el batallón de comandos del ejército, en una palabra, se alucinaba «super comando», sumado a su estatura, lo habíamos bautizado con el «mote» de «comandito».

Después de contactarme con él y decir el motivo de mi llamada, gustoso aceptó el puesto integrándose a esta labor que consistía en el trabajo de «guarda espaldas».

Con las armas correspondientes, abordo de un auto blindado, conducido por un chófer, se encargaba de seguir y proteger el auto del dueño de la empresa, quien viajaba en un auto blindado con su respectivo conductor.

Una fría mañana del mes de noviembre de ese mismo año, el grupo terrorista arriba mencionado, les preparó una emboscada en el óvalo de Santa Anita .

Según las investigaciones, un camión pesado se les cruzó, simulando desperfectos, ante este bloqueo los choferes de ambos vehículos cometieron el error de abrir las puertas para averiguar las causas de largo paralización, grave y fatídico error, otros miembros de este grupo apostados cerca de la escena, aprovecharon para descargar una «Anda nada» de disparos contra los dos vehículos, eliminando a los cuatro integrantes de esta pequeña caravana, no contentos con esto, lanzaron granadas al interior de los dos vehículos, con el macabro resultado de vehículos y cuerpos destrozados.

Fue un hecho traumático y a la vez de enseñanza y experiencia que me tocó vivir, en seguridad no se debe confiar en nada ni nadie, prácticamente comandito murió en el lugar asignado para mí.

Doy por terminado este relato recordando el refrán que dice: «La mucha confianza mato al gato».


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